Un largo camino

Jesús Villanueva JiménezArtículo

Un largo camino

Jesús Villanueva Jiménez


          A nada del regreso, decidí dejar atrás el pueblo. Lola me había roto el corazón. Y que tuviese que enterarme en el bar de que Lola se veía con Ernesto. ¡Miserable traidor! Amigos desde que nos salieron los dientes y el muy canalla me roba la novia. Me dijo el cabo de la Benemérita: «En mi fuero interno, Manolo, te entiendo. Es más, yo también le hubiera roto la boca a ese mamarracho traidor, que la novia de un camarada es sagrada, ¡jolines!, y más cuando éste está haciendo la mili, cumpliendo con la Patria. Pero, paisano, como agente de la Autoridad no tengo más remedio que arrestarte, y ya el señor juez dirá». Y bien que dijo don Bonifacio, el señor juez: «No es cuestión baladí sacarle a guantazos siete dientes a un paisano, ¡puñeta!, aunque éste te robara la novia, que algo de culpa tendrá ella… vamos, digo yo». De que ella tuviese algo de culpa, pues tuve que darle al señor juez la razón. Lo de cuestión baladí no sé qué diantres significa, aunque pal’caso, a lo hecho, pecho. Tampoco fue tanto aguantarle la bronca a don Bonifacio y pagarle al gurrumino de Ernesto los dientes postizos. En fin, el caso es, como venía diciendo, que dejé atrás el pueblo que me vio nacer, y adiós a la Lola y al felón y a los tunantes que se andaban con risitas en al bar. Sólo lo siento por madre, la pobre, y por la hermana, la pobre, que bien lloraron las dos cuando me vieron marchar. «Solo tienes veintiún años, Manolo, y la Juani está por ti, tonto, que es guapa la moza y el padre tiene posibles… Que le den morcillas a la Lola y a la madre que la parió», me dijo mi hermana, la pobre, con los ojillos llorosos.

         Enfilé aquella carretera de tierra y pedregales, más solo que la una, tristón, pensativo, ¡maldita sea!, pensativo con lo que no debía. Dos días de marcha llevaba cuando me encontré con una finca al borde del camino, circundada por un muro de piedra de no más de metro y medio de alto, y frutales para parar un tren. Perales, manzanos y una enorme higuera cargada hasta las trancas de fruta. Me iba a poner las botas, que ya el zurrón lo llevaba a medias de provisiones. Y tate, que no hice más que poner las manos en el muro, cuando el perro surgió de las sombras dispuesto a comerme, ladrando, gruñendo y dando dentelladas al aire polvoriento. ¡La madre que lo trajo, el susto que me dio el jodío! Una larga cadena al cuello, sujeta al tronco de la higuera, marcaba sus límites. De pelaje canelo, era de robusta osamenta, cabezón, con cuello de toro, manos grandes, y mirada de pocos amigos. «Aquí te tienen para lo que te tienen, verdad, amigo», le dije. Él me miraba a medio metro del muro. Me fijé en las orejas caídas, roídas por las moscas alimañas, despensa de garrapatas. El hambre, plasmada en sus ojos, le marcaba las costillas. «Pobre perro, qué mala vida te dan», le musité, con tono apaciguador; él no hacía más que su trabajo. «Al energúmeno de tu amo lo ataba yo a ese tronco», le hablé con calma, despacio, con paciencia. Media hora de monólogo llevaba. Él dejó de enseñar los dientes y se echó cruzando las manos, mostrando ahora la lengua. Saqué del zurrón el chorizo que me quedaba y corté la mitad, que le acerqué estirando el brazo, con prudencia. Canelo, que así empecé a llamarlo, se puso en pie e hizo amago de enseñar colmillos, cuando el aroma del embutido le invitó a olisquear el aire. Se lo acerqué al hocico y él lo tomó con una delicadeza que me sorprendió. «Está bueno, ¿eh?…», él movía el rabo. Luego le di un trozo de pan, y otro, hasta quedarme con la mitad de lo que llevaba. Canelo me miraba con ojos diferentes a los de hacía ya casi una hora. Le limpié las heridas de las orejas y le quité seis garrapatas. Decidí liberarle de la cadena, él me miraba, juraría que sonriendo. Llené el zurrón a reventar de fruta. Luego invité a Canelo a que me siguiera. Sin mirar atrás, como yo, se vino conmigo. Yo le acariciaba la cabezota, él seguía meneando el rabo: así comenzó el largo camino de doce años que hicimos juntos.